Cuando el cuerpo cambia, también cambia quién eres
- Sofía Alfonso

- 10 mar
- 5 Min. de lectura
Lo que la investigación científica dice sobre el impacto psicoemocional de la rehabilitación

Recuperarse de una intervención quirúrgica, una enfermedad o un traumatismo no es solo un asunto relacionado con los músculos, los huesos o los tejidos. También se trata de una cuestión de identidad, de emociones y de la manera en que nos relacionamos con un cuerpo que, repentinamente, ya no funciona como lo hacía antes.
Un estudio reciente, publicado en la revista Behavioral Sciences (Breault-Hood et al., 2025), recopiló las vivencias de 84 mujeres que habían padecido enfermedades, heridas o incapacidades. Lo que hallaron no es solo interesante, sino también algo que muchas personas que han pasado por un proceso de recuperación identificarán al instante.
Recuperarse no es volver a quién eras
Tendemos a pensar en la rehabilitación como el proceso de recuperar fuerza, los metros recorridos y cuando el médico da de alta. Sin embargo, las mujeres que participaron en el estudio afirmaron algo diferente: que llega un momento en el que dejas de tratar de regresar a donde estabas y comienzas a aprender cómo moverte desde tu posición actual.
No es darse por vencido. Es un poco más inteligente que eso. Es escuchar al cuerpo en vez de confrontarlo, y comprender sus nuevos límites no como una derrota, sino como un dato. Una de las participantes, con fibromialgia, lo expresó de una manera tan clara que dice mucho:
“Tengo fibromialgia, así que debo hacer ejercicio con frecuencia y a un ritmo moderado para mantenerme saludable. Estoy increíblemente agradecida por lo que mi cuerpo puede hacer, porque he visto el otro lado del espectro.” (Breault-Hood et al., 2025)
En esa frase, "he visto el otro lado", hay algo poderoso. Es perspectiva, no resignación. Y de acuerdo con la investigación, esa perspectiva no suele llegar sola ni repentinamente. Es algo que se forja, a veces con mucho esfuerzo, y que transforma totalmente la relación con el propio cuerpo.
El duelo silencioso del cuerpo que ya no es el mismo
El uso de la palabra "duelo" es una de las cosas que más impactan del estudio.
No por una muerte, sino porque ya no tienes la versión de ti mismo que tenías antes: el cuerpo en el que confiabas, las cosas que hacías sin pensarlo y la sensación de ser predecible para ti mismo.
Y ese duelo es auténtico, aunque no siempre tenga un nombre. Una participante que había sido diagnosticada con endometriosis lo describía de esta manera:
“Me canso, me duele y tengo miedo de empeorar las cosas. A veces me enojo con mi cuerpo por no ser el amigo confiable que siempre fue.” (Breault-Hood et al., 2025)
La imagen del cuerpo como un amigo que te ha decepcionado es muy elocuente. Ya que la relación con el propio cuerpo es precisamente eso: una relación. Y como cualquier relación, puede necesitar tiempo, desmoronarse y luego reconstruirse de una manera distinta a la anterior.
Lo que revela la investigación es que la aceptación no es un instante aislado, no es el día en que "lo superas", sino un proceso constante con momentos altos y bajos, que frecuentemente quien lo experimenta carga en silencio. Y que superarlo sin ayuda puede hacer que se extienda de manera innecesaria, lo cual tiene un costo directo también en la recuperación física.
El cuerpo empieza a hablar, y aprendes a escucharlo

Un aspecto interesante que se observa en los testimonios es que, tras sufrir una dolencia o una herida, varias personas comienzan a experimentar una sensibilidad renovada hacia su propio cuerpo. Donde previamente había automatización, ahora hay atención. El cansancio ya no se puede pasar por alto. El dolor se interpreta de otra forma. Se negocia el ritmo.
Es como si el cuerpo, al modificarse, te forzara a otorgarle una atención que antes no le ofrecías. Una de las participantes lo expresaba de manera muy simple:
“Ahora soy muy consciente de lo que mi cuerpo necesita para funcionar bien. Descanso más y soy mucho más amable conmigo misma.” (Breault-Hood et al., 2025)
"Soy más compasiva conmigo misma". Esa frase se merece un momento. En una cultura que frecuentemente celebra empujar, aguantar y no detenerse, aprender a ser amable con el propio cuerpo es, en sí mismo, una forma de curación.
La recuperación no va en línea recta
Lo que el estudio demuestra, es que la rehabilitación pocas veces sigue el camino que uno espera. Existen días buenos y días malos. Progresos que se detienen. Instantes en los que el cuerpo sorprende positivamente y otros en los que decepciona. Ese ir y venir es la norma, especialmente en condiciones crónicas; no es una excepción.
Y el hallazgo de la investigación es que, en ese proceso, el estado físico y emocional están interconectados. No porque la expresión "la mente cura el cuerpo" tenga un significado mágico, sino porque ambos se afectan mutuamente de manera continua. Cuando uno es débil, el otro tiende a seguirlo. El avance de uno implica que el otro también lo sigue.
No tener en cuenta esa conexión durante una rehabilitación es simplemente trabajar con la mitad de la información que se tiene.

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